13 abril 2006

AMINETU HAIDAR: DERECHOS HUMANOS EN MARRUECOS

Durante la lectura del libro Sufrían por la luz, me acompañó una constante sensación de asfixia, ansiedad y reclusión. En esta obra, que destaca por el halo poético que impregna su prosa, el escritor tangerino Tahar Ben Jelloun recrea los 18 años que un grupo de jóvenes soldados pasaron presos en unas ínfimas y lóbregas celdas ocultas bajo la superficie del desierto marroquí en la prisión secreta de Tazmamart, por haber participado en un intento de golpe de estado - sin siquiera saber que lo hacían - contra el rey Hassan II.
Cuando escuché el testimonio Aminetu Haidar pensé inmediatamente en el libro, ya que permaneció durante tres años y siete meses, entre 1987 y 1991, con los ojos vendados, sin ver la luz del sol, retenida en una cárcel de alta seguridad marroquí.
Hace mucho tiempo que deseaba conocer a Aminetu. Había leído acerca de su vida en Internet, había visto su rostro en carteles y folletos de asociaciones por los derechos humanos en Marruecos, sabía que tras padecer años de amenazas por parte de la policía marroquí, en el 2005 volvió a prisión para sufrir nuevamente palizas, torturas y vejaciones por el mero hecho de salir a manifestarse en favor del respeto por los derechos humanos y la indepedencia de su pueblo.
Cuando finalmente tuve la posibilidad de entrevistarla, no me decepcionó. Al contrario, me deslumbró profundamente la parsimonia con que habla, la elegancia y dignidad de sus movimientos y la certeza que manifiesta a través de ellos de saberse luchadora por una causa terriblemente dura pero justa, necesaria. Es una de esas personas que no dudan en sacrificarlo todo en pos de sus ideales, que no tienen miedo alguno de plantarle cara al poder.
La semana pasada, Aminetu Haidar llegó a España para recibir el premio Juan María Bandrés de la Comisión Española de Ayuda a los Refugiados (CEAR), por su “compromiso ejemplar en favor de la lucha del pueblo saharaui por el legítimo derecho a decidir libremente sobre su porvenir”.
La multitud que se congregó en la sala de reuniones de Comisiones Obreras la recibió de pie, con un largo y emocionado aplauso. Sin muestra alguna de resentimiento o acritud, agradeció el apoyo de los españoles y dijo que su sufrimiento era “apenas una pequeña parte del sufrimiento que el pueblo saharaui viene padeciendo desde hace tres décadas”.
“De los años que pasé en la cárcel y de las huelgas de hambre que hice, me han quedado graves secuelas físicas. No veo bien, tengo problemas de estómago y de corazón, hemorroides y reumatismo”, me explica Aminetu al día siguiente en las oficinas de CEAR. “Pero lo peor son las pesadillas. Desde que salí de la cárcel nunca volví a tener una noche completa de sueño”.
Aunque no elude hablar de los interrogatorios a base de descargas eléctricas, los constantes acosos sexuales y los innumerables abusos que sufrió en prisión, prefiere hacerlo en primera persona del plural para incluir en su relato a los cientos de saharaui que pasaron, o que están pasando, por experiencias similares. Según señala, en los territorios ocupados son más de 500 las personas que han desaparecido sin dejar rastro, el 25% de las cuales son mujeres. “El gobierno marroquí arrasa con todo: madres embarazadas, niños, ancianos. Nada lo detiene”, afirma.
Cuando fue detenida por primera vez, en 1987, acababa de cumplir 20 años de edad. Hoy tiene 39, está casada con un saharaui al que conoció en prisión y tiene dos hijos, Mohamed y Hayat. Su pugna, afirma, es por ellos y por todos los niños del Sáhara, para que puedan vivir libres y en paz, lejos de la política de exclusión y represión que el ejecutivo de Rabat impone en los territorios ocupados respaldado por la posición “ambigua y contradictoria” del gobierno español.
En junio, tras una visita al Parlamento Europeo, regresará al Sáhara Occidental. Es consciente de que, como sucedió con el famoso activista saharaui Ali Salem Tamek, por las denuncias que ahora está haciendo puede ingresar en prisión apenas bajé del avión en los territorios ocupados. “Tengo un 95% de posibilidades de volver a la cárcel”, me dice. “A pesar de que soy madre, y probablemente no vea a mis hijos, no tengo otra opción, no nos van a arrodillar, seguiremos luchando pacíficamente por un Sáhara libre”.

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