22 abril 2005

JOSÉ MARÍA MÁRQUEZ: SOLIDARIDAD CON MALAWI

José María Márquez deseaba sumergirse de lleno en la cultura africana. Por eso viajaba en transporte público, dormía a la vera del camino, caminaba descalzo como la mayor parte de las personas a su alrededor. Sabía que si quería hacer algo por la gente de Malawi, debía conocer de cerca sus problemas. No deseaba ser otro europeo que llegaba a imponer soluciones preconcebidas. Tenía en claro que era mucho también lo que él podía aprender de los africanos.
Quizás lo más fascinante del recorrido vital de José María sea que, no mucho tiempo antes de renunciar a usar zapatos, de estar siempre preparado a pernoctar donde la noche lo encontrase, trabajaba en Ámsterdam para el banco ABN Amro, formando parte de un mundo en el que, como hoy reconoce con ironía, “lo más importante era la corbata Hermès amarilla”.
José María nació en el seno de una próspera familia de Madrid. Asistió al mismo colegio que el Príncipe Felipe y la Infanta Elena. Y, cuando llegó la hora de perfilar su futuro, estudió empresariales y derecho pues deseaba hacer carrera en algún banco de negocios.
A los treinta años de edad había alcanzado los objetivos que se había propuesto. En el ABN Amro se dedicaba a gestar proyectos de gran envergadura como centrales térmicas, puentes y carreteras. En lo material, gozaba de un excelente nivel de vida. Sin embargo, tenía la sensación de que algo le faltaba.
- Me sentía a gusto, pero me daba cuenta de que mi satisfacción estaba relacionada con el ego. Me encantaba que me dieran la palmadita en la espalda y que me dijeran: “Muy bien, has cerrado esta operación”. Pero, ¿cuál era el límite? Primero una operación de mil kilos, después una de diez mil. Y nunca acababa de encontrar la felicidad.
José María comenzó a cuestionarse la fórmula del éxito que le habían inculcado a lo largo de su vida. Comenzaba a vislumbrar que su plenitud personal no podía estar supeditada exclusivamente al reconocimiento externo y la acumulación material. Un día se dijo: “Si mi objetivo es ser feliz, no creo que este sea el camino. Tengo que buscar una alternativa. Puedo hacerlo porque tengo una buena situación económica, y debo hacerlo porque la vida es muy valiosa”.
Fue así como pidió un año de excedencia en el banco y, junto a su novia, partió a trabajar como voluntario a Calcuta. Al principio, en los hogares de la Madre Teresa no se sentía demasiado útil, ya que se limitaba a bañar y dar de comer a los pacientes.
- Con el tiempo comprendí que al limpiar a los enfermos, me estaba limpiando a mi mismo por dentro, estaba aprendiendo a sacarme el reloj, a entregarme a los demás.
El desembarco en África se dio por casualidad. Tenía pensado pasar los últimos seis meses de su excedencia laboral en América Latina. Sin embargo, María del Carmen, su dentista de toda la vida, le recomendó que fuera a Malawi, pues acababa de crear una ONG para ayudar a este pequeño país del África Septentrional.
De los primeros tiempos en Malawi recuerda, ante todo, la calidez de la gente, el brillo en sus ojos, su ausencia de prisas, su generosidad, su permanente disposición a la risa, al juego, a la vida.
- En el Sur aprendes a vivir el presente. Y yo creo que esa es la verdadera clave de la felicidad. Vivir el ahora, vivir el momento. Y, sobre todo, no basarte tanto en los resultados sino en la acción. Todo lo contrario de lo que hacía en el banco.
José María permaneció ocho años en África. Se casó con una atractiva cooperante holandesa, que es hoy la madre de sus cinco hijos. Con la ayuda de María del Carmen, creó la organización Africa Directo, cuyos proyectos son gestionados por malawianos, respondiendo de este modo a su idea de que el mundo mejor será la resultante de un trabajo de todos, los ricos y los pobres, los habitantes del norte y del sur, o no será.
Tras haber pasado ocho años en África, José María Márquez decidió que había llegado la hora de regresar a España. Junto a su mujer y sus hijos sentó residencia en Madrid, donde se dedica, a través de África Directo, a coordinar, financiar y desarrollar proyectos a favor de los colectivos más desfavorecidos del continente.
En Malawi había creado, con la ayuda de Manos Unidas, un centro de atención médica al que las monjas locales bautizaron con el nombre de Alinafe (que en chichewa quiere decir “Dios está con nosotros”). Este centro brinda asistencia a niños malnutridos. Y es también el punto de partida de una serie de iniciativas de desarrollo agrícola, creación de pozos de agua y letrinas, asistencia médica ambulatoria y educación para toda la región. En total brinda cada año atención a más de cuarenta mil personas: huérfanos, enfermos de sida, discapacitados, familias sin recursos.
África Directo tiene hoy proyectos en numerosos países del continente. Una de las mayores virtudes de esta organización es que, al estar conformada íntegramente por voluntarios, el 100% de las aportaciones llegan a los beneficiarios.