13 abril 2005

DAVID EARP: UN HOGAR PARA LOS NIÑOS DISCAPACITADOS DE CALCUTA

Flanqueado por estatuas, tapices y plantas, el pasillo que recorre la casa de David Earp desemboca en un salón abarrotado de vestidos de época, adornos antiguos y carteles de películas. Estos objetos, además de crear un peculiar universo, que contrasta notablemente con el caos, el ruido y la suciedad que imperan más allá del jardín, en las calles de Calcuta, permiten vislumbrar cómo era David, a qué dedicaba sus días, antes de cambiar de rumbo y comprometerse con los niños discapacitados de la India.
David no abandonó Londres porque estuviera a disgusto con la vida que llevaba. Al contrario, le fascinaba aquella existencia centrada en la compra y venta de antigüedades, las galas de presentación de películas, las cenas en restaurantes de lujo y los viajes por el mundo. Se sentía tan satisfecho con su trabajo y su ajetreada agenda social que nunca se había planteado la posibilidad de dedicarse a otra actividad.
El cambio de dirección en su vida fue consecuencia de una visita que realizó a la India. Como le habían encargado el vestuario de una película ambientada en los tiempos del Imperio Británico, viajó a Bombay para recorrer los bazares y las tiendas de antigüedades en busca de vestidos antiguos. La ciudad lo recibió con su deslumbrante sucesión de colores y aromas, pero también con su terrible miseria. Los barrios de chabola parecían no tener fin. Hubo una imagen que lo conmovió profundamente: un niño de piernas delgadas, inservibles, que, tomado de dos trozos de madera, se arrastraba entre la gente. Si ya resultaba difícil sobrevivir en medio de toda aquella miseria, mucho más lo era aún padeciendo una discapacidad física.
Tal fue la impresión que le causó aquel encuentro, que comenzó a volver regularmente a la India para trabajar como voluntario en una organización que brinda asistencia a quienes malviven en los andenes de la estación de tren de Calcuta.
Un día decidió que había llegado el momento de crear su propio proyecto: un hogar que sería el primero en su clase pues daría cobijo exclusivamente a niños de la calle, huérfanos o abandonados por sus familias, que padecían discapacidades físicas. Fue así como nació Shuktara, que en bengalí quiere decir “estrella de felicidad”.
David vendió su tienda de antigüedades en Portobello, se despidió de sus numerosos amigos y sentó residencia en una casa de la periferia de Calcuta a la que progresivamente fue llevando a los niños sordos, disminuidos intelectuales y parapléjicos que encontraba en las calles. Su falta de preparación en el cuidado de estos niños la suplió contratando a destacados profesionales: médicos, fisioterapeutas y asistentes sociales que son quienes trabajan junto a los niños en los dos centros de acogida con los que hoy cuenta Shuktara.
Las actividades comienzan al alba. Los niños se levantan, desayunan y van a la escuela. De regreso en el hogar, pasan la tarde haciendo ejercicios de rehabilitación o repitiendo las lecciones aprendidas en la escuela. Sorprenden ante todo el entusiasmo y el empeño con trabajan por superarse, y el clima de afecto y compañerismo que prevalece en los dos centros de acogida.
Hay momentos en los que David extraña su vida en Londres. Entonces se encierra en su casa junto a aquellos objetos que por valor afectivo no quiso vender, para aislarse de Calcuta, para recordar.
Una vez atemperada su nostalgia de Occidente, regresa a los hogares y, al encontrarse con los niños, al ser testigo de la alegría y el esfuerzo con que luchan por salir adelante, se dice a sí mismo que tomó la decisión correcta, que nada en la vida puede ser tan importante como ayudar a esos jóvenes, como darles la oportunidad de un nuevo comienzo. Más allá de la renuncia, se siente en paz, satisfecho consigo mismo, porque sabe que la vida sólo tiene sentido cuando se dedica a los demás.